La ONU ha calificado el conflicto yemení como la peor crisis humanitaria del planeta. Ni con esta grave afirmación, este país del sur de la península arábiga consigue acabar con el apagón informativo que lo atenaza y solo se hacen breves referencias a su conflicto cuando se producen importantes violaciones de los derechos humanos, algo demasiado ocurrente en esta guerra. Como el acaecido el pasado mes de agosto cuando un autobús de escolares fue bombardeado acabando con la vida de una treintena de menores. Tampoco en España, tras la recién solucionada crisis de las corbetas y Navantia, se ha hablado mucho de lo que ocurre en Yemen, a pesar de su estrecha relación.

Pero la verdad es que este país musulmán está sumido en una de las guerras más cruentas del planeta, y el olvido al que está abocado no hace si no empeorar aún más su complicada situación. Yemen es un país castigado durante décadas por conflictos cainitas entre chiís y sunís, las dos principales ramas del Islam. Esta división se vio recrudecida tras la primavera árabe de 2011, que dejó a los primeros con el control del noreste del país; llegaron a deponer al presidente y se hicieron con el control de la capital, Saná. Los sunís se refugiaron en el sureste del país y su máximo dirigente, Abdo Rabu Mansur Hadi, lanzó un mensaje de ayuda internacional ante el avance de los chiís liderados por Abdel Malek al Huti.

Yemen

A esta llamada acudió gustosa en 2015 una coalición liderada por su país fronterizo por el norte, Arabia Saudí, que además contó con la ayuda de otros estados como los Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Kuwait o Marruecos. Una alianza reforzada por otros actores como EE.UU., que apoyó desde el principio la intervención, y Reino Unido, Francia y la misma España, principales suministradores de armas del régimen saudí. Por su parte, Irán condenó los ataques y se posicionó del lado chií.

Con estos mimbres la guerra de Yemen pasó a ser un conflicto internacional que a día de hoy, según algunas fuentes, ha dejado más de 10.000 muertos y tres millones de desplazados. Además, unos 22 millones de yemeníes, que suponen el 80 por ciento de su población, necesitan ayuda humanitaria de subsistencia como agua, comida o refugio, según Amnistía Internacional.

El bloqueo total al que está sometido este territorio por parte de Arabia Saudí agrava aún más la situación insostenible de sus ciudadanos y los puede abocar a una inminente hambruna. Así lo adelantó este miércoles el diario El Mundo en esta información en la que, entre desgarradores testimonios, cuenta cómo la coalición saudí centra sus ataques obcecadamente contra la ciudad costera de Hodeida, principal puerto de entrada de la ayuda humanitaria.

Yemen, por su situación en el mapa, supone un punto de control estratégico del que quieren sacar tajada todos los estados implicados en el conflicto, entre ellos, cómo no, EE.UU., que con la llegada de Donald Trump al poder ha redoblado su ayuda al régimen saudí. Aún así, cuesta entender la permisividad y el casi nulo foco mediático en un conflicto donde los supuestos “buenos de la película” han provocado continuos abusos contra los derechos humanos.

Es aquí donde entra en juego la alargada sombra de Arabia Saudí en el tablero estratégico de la geopolítica. Mejor no enfadar a este gigante asiático, que a pesar de su férreo y conservador gobierno cuenta con el apoyo incondicional de Occidente por diversos factores como la venta de armas, un lucrativo negocio del que se benefician todos los países que lo apoyan en el conflicto. Entre ellos España, que tras un vergonzoso vaivén del gobierno de Pedro Sánchez acaba de corroborar su alianza con el régimen saudí. El negocio de las armas se impone así a una crisis donde priman los intereses políticos y económicos por encima de vidas humanas y su sufrimiento. Algo que no deja de ser horrible pero aún así es más que aceptable por demasiado común.

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